La rebelión de Tupac Amaru, reseña de Nicanor Domínguez Faura


La «gran rebelión» surandina de 1780-1783 ha retomado actualidad con la publicación, primero en inglés (2014) y luego en castellano (2015), del nuevo libro del historiador norteamericano Charles Walker. Al optar por una historia narrativa que presenta paso a paso el desarrollo de los sucesos y muestra así las incertidumbres del momento, su autor no solo evita un análisis determinista, sino que logra exponer de manera clara y crítica las interpretaciones, tanto previas como propias, sobre el movimiento rebelde, aunque sin abundar en debates historiográficos. Esta estrategia discursiva y analítica —que sigue los criterios originales de los editores estadounidenses— hace que esta obra sea más accesible a un público lector bastante amplio; allí reside, sin duda, una de las razones de su éxito editorial.

Hay que señalar, de entrada, que se escribe el nombre del líder rebelde como «Tupac Amaru», sin tilde —y no «Tupa Amaro», como sugería Mario Cárdenas Ayaipoma en 1980, ni «Thupa Amaro», como proponía John Rowe en 1982—. El libro, entonces, consta de una introducción, doce capítulos y conclusiones, e incluye una breve pero útil «Cronología de la rebelión». La primera virtud del libro de Walker es que no se detiene al momento de la captura, juicio y ejecución de José Gabriel Túpac Amaru en abril y mayo de 1781 (capítulos 6 y 7), sino que trata de incorporar coherentemente la llamada «segunda fase» de la rebelión de 1781 y 1782 (capítulos 4, 8-10), así como la última etapa represiva ocurrida en 1783 (capítulos 11 y 12). La última vez que se había intentado hacer algo así fue en 1967, cuando se publicó la versión definitiva del libro del investigador polaco-argentino Boleslao Lewin. Esta visión integral no ha caracterizado a los historiadores peruanos o bolivianos, con tendencias más o menos nacionalistas. Las investigaciones en el Perú se centraron, en la segunda mitad del siglo XX, en la figura heroica de Túpac Amaru (ejemplos son los trabajos de Carlos Daniel Valcárcel, Juan José Vega y Víctor Angles Vargas) y, en Bolivia, en la de Túpac Catari o «Tupac Katari» (como lo hizo María Eugenia del Valle de Siles).

El libro de Walker no solo retoma datos de Lewin y otros estudiosos, sino que el autor ha revisado directamente documentos de archivo conservados en España, Perú y bibliotecas de Estados Unidos. Se utilizan también diversas colecciones documentales publicadas en el siglo XIX (como las de Pedro de Angelis, Manuel de Odriozola, Manuel Vicente Ballivián, Manuel de Mendiburu y José Rosendo Gutiérrez) y en el siglo XX (como las de Francisco A. Loayza, Luis Antonio Eguiguren, Carlos Daniel Valcárcel y Luis Durand). Y a esa abundante documentación se suma el amplio conocimiento de los renovadores estudios de Historia social y económica sobre el siglo XVIII (iniciados por Pablo Macera en la década de 1960), los estudios específicos sobre movimientos sociales de ese «siglo borbónico» (como los de John Rowe, Alberto Flores Galindo, Scarlett O’Phelan, Jurgen Golte y Steve Stern, en las décadas de 1970 y 1980, y los de Ward Stavig, Sergio Serúlnikov, Sinclair Thomson y David Cahill, en décadas posteriores), así como diversos esfuerzos para entender las «mentalidades» de la época (son ejemplos los trabajos de Jan Szemiñski y Juan Carlos Estenssoro). De este modo, al analizar viejos y nuevos datos documentales, que son contrastados con interpretaciones antiguas y modernas (como la del historiador franciscano Eulogio Zudaire), Walker logra ofrecer la mejor síntesis sobre el tema de la que hoy disponemos.

Hay dos temas novedosos que el autor, pese a las limitaciones de la documentación, intenta recuperar: la importancia de las mujeres y de la gente común que conformó la tropa de las fuerzas en conflicto. Por un lado, Walker resalta el liderazgo de Micaela Bastidas Puyucahua y lamenta que sobre ella exista tan poca evidencia en los archivos (y menor aún sobre otras mujeres en roles dirigentes o de apoyo a la rebelión). Por otro, se enfoca tanto en los campesinos indígenas que se sublevaron como en los soldados del ejército realista enviado desde Lima, conformado mayormente por mulatos y negros libres. Los esfuerzos y padecimientos de todos ellos encuentran lugar en la visión del autor, que evita hacer una narración heroica de los hechos, pese a su evidente simpatía por Túpac Amaru y su causa anticolonial.

Otro punto que merece resaltarse es que Walker, pese a esta simpatía, logra presentar a Túpac Amaru como un ser complejo y, a veces, contradictorio; en otras palabras, como un ser humano con fallas y errores. Asimismo, resalta las distintas lógicas de la represión colonial de la «gran rebelión», que no fueron uniformes ni homogéneas. Se destaca no solo el rechazo que una amplia mayoría de kurakas y de familias incaicas del Cuzco tuvieron contra Túpac Amaru —cuyos reclamos de ser el último descendiente de los Incas no aceptaban, como ha estudiado David Garrett—, sino también el activo rol de la Iglesia colonial cuzqueña, comandada por el obispo Juan Manuel Moscoso y Peralta, hábil criollo arequipeño. Además, Walker distingue entre la política negociadora del virrey Agustín de Jáuregui, que buscó una tregua con los rebeldes, y las posturas represivas más duras del visitador José Antonio de Areche y del oidor Benito de la Mata Linares, quienes diseñaron y presidieron la teatralmente cruel ejecución de los líderes tupamaristas en mayo de 1781. Llama aquí la atención el contraste entre un militar conciliador, que sin duda conocía las penurias de la guerra, y la rigidez de los «civiles» con formación en leyes e influidos por la Ilustración, que exigían la brutal sumisión de los insurrectos en nombre del respeto absoluto a la autoridad del rey Carlos III.

En las conclusiones del libro («El legado de Tupac Amaru»), Walker presenta brevemente las variadas formas en que la figura del líder rebelde ha sido rememorada en los últimos dos siglos. Las autoridades coloniales silenciaron su recuerdo, y los criollos de la nueva república, temerosos de la posible insubordinación de las masas indígenas, mantuvieron mayormente esa actitud. La lenta recuperación historiográfica de la figura de José Gabriel Túpac Amaru comenzó en la década de 1940, con Francisco A. Loayza y Carlos Daniel Valcárcel, y alcanzó su punto más visible durante el Gobierno Militar del general Juan Velasco Alvarado (1968-1975), cuando fue convertido en el héroe de la «verdadera independencia nacional», precursor no solo de la independencia política de 1821-1824, sino también de la Reforma Agraria decretada en 1969. En otras palabras, el Túpac Amaru heroico y revolucionario al que hoy estamos acostumbrados, y que inspiró a movimientos guerrilleros en el Perú (como el MRTA) y Latinoamérica (como los Tupamaros de Uruguay), así como a radicales norteamericanos (la madre del cantante de rap Tupac Shakur fue militante de los Black Panthers en la década de 1970), tiene apenas 40 o 50 años de existencia en la imaginación popular, tras 150 años de olvido oficial.

El éxito de ventas del libro, con dos ediciones en castellano en el mismo año, habla de un fenómeno que va más allá del marketing del autor y sus editores. Las lectoras y lectores en el Perú de hoy parecen estar demandando conocer mejor un pasado del cual todos creen saber algo, pero que no terminan de entender a cabalidad. Obras bien escritas y sólidamente actualizadas, con claridad expositiva y sin concesiones a pseudoexplicaciones simplistas, como esta de Walker, podrían ser lo que el público lector peruano espera de aquellos que, en el medio universitario y académico, practicamos el oficio de la Historia. Divulgación y síntesis de calidad, en otras palabras. Advertidos estamos.

* La reseña apareció originalmente en Histórica 41.1 (2017): 193-6. Lima.

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