La rebelión de Tupac Amaru, reseña por Rafael Diego-Fernández Sotelo


Por principio de cuentas cabe mencionar que la obra en cuestión fue originalmente publicada en inglés en 2014 por la prestigiosa editorial Harvard University Press, así como que resultó incluida por el Financial Times en la lista de los mejores libros de historia de ese año, y de inmediato fue traducida al español y publicada en Perú por la también prestigiosa editorial Instituto de Estudios Peruanos (iep), edición que fue muy bien recibida por la crítica especializada.

Por lo que se refiere al autor tenemos que actualmente es director del Hemispheric Institute on the Americas en la Universidad de California, Davis, y que su acercamiento al tema parte del año de 1989 cuando enseñaba en la Universidad de San Antonio Abad del Cuzco, lugar donde también fue investigador del Centro Bartolomé de las Casas. Su tesis doctoral fue publicada en 1999 en inglés y en español, con una segunda edición en 2004, donde incluye una visión más amplia que la de la obra que ahora tratamos ya que va de Tupac Amaru a Gamarra, entre 1780 y 1840 (1); posteriormente realizó estudios de posgrado en Chicago donde, entre otros, tuvo a profesores tan prestigiosos como Friedrich Katz y John Coatsworth, y donde trabajó también con Scarlett O’Phelan y Enrique Tandeter.

En lo que concierne a la obra, por principio de cuentas cabría destacar el hecho de que se inscribe dentro de la corriente de la nueva historia social que surge a partir de los sesenta y que pone el acento tanto en la historia regional como en las clases populares en el convencimiento de que la historia juega un papel relevante en los debates políticos contemporáneos; además de que se abordó el tema recurriendo a las nuevas herramientas de la historia narrativa, que entre otras cosas propone desplazar la discusión historiográfica a las notas a pie de página con el propósito de llegar a un amplio público, evitando caer en los errores de la historia light y con el objetivo expreso de superar el reducido impacto de la historiografía académica especializada que sólo logra interesar a un puñado de estudiosos en el tema, además de que se sintió animado luego de tener presente el renovado interés de los últimos años en torno a la historia de las últimas décadas del siglo xviii.(2)

Al tratarse de un tema tan abordado como el presente, uno de los argumentos más novedosos que se ofrecen gira en torno al verdadero y medular papel desempeñado en todo este conflicto por el obispo del Cuzco, el criollo Juan Manuel Moscoso y Peralta, al sostener que estuvo tanto en contra del alzamiento indígena como de los represores realistas que lo veían con muy malos ojos. Al respecto, el tema de la Iglesia en todo este proceso resulta de lo más complejo dado que en este tipo de alzamientos, desde ese momento hasta la proclamación de la Independencia de todos los reinos ultramarinos, se volvió cada vez más frecuente el hecho de que el bajo clero, que era el que vivía en contacto cotidiano con los problemas de los pueblos de indios, se sintiera plenamente identificado con ellos; y aunque sin lugar a dudas hubo más de uno que resultara igual de explotador que los encomenderos, igualmente hubo muchos otros que se involucraron con el sufrimiento de los naturales y lucharon a capa y espada por mejorar su condición. Por otra parte, en cambio, los obispos e integrantes de cabildos catedral y titulares de las parroquias de las ciudades y villas más importantes se identificaron, por lo general, con los programas más radicales de la ilustración europea, lo que generó grandes tensiones tanto al interior de la Iglesia, como con respecto a sus relaciones con las autoridades políticas y la sociedad, que se sentía confundida y desorientada al respecto.

El énfasis lo pone el autor en lo concerniente al tema de la violencia, tomando como punto de partida el principio bien conocido de que la violencia engendra violencia –sobre lo cual no hay que olvidar que la obra resulta del encargo de la editorial pensando en el mercado anglosajón–, motivo por el cual nos encontramos con que se describen con lujo de detalles todas las manifestaciones de crueldad y barbarie tanto de parte de las huestes indígenas como de las españolas, y al respecto ya desde el principio el autor nos advierte cómo la espiral de violencia se salió de control a causa de tres factores superpuestos: liderazgo, cronología y geografía, y explica cómo lo que comenzó como un mero levantamiento termina en una guerra de guerrillas con un baño de sangre vicioso (p. 31). Luego de la descripción de la salvaje tortura física y psicológica, y de la posterior ejecución de Tupac Amaru y demás cabecillas –donde se cuenta cómo a finales de mayo de 1781 las cabezas de Tupac Amaru y Micaela Bastidas, sus extremidades y otras partes de sus cuerpos, colgaban de postes para su exhibición pública en Tinta, Tungasuca y Pampamarca–, el autor comenta cómo fue que a pesar de los mejores esfuerzos de los visitadores José Antonio Areche y Benito Mata Linares, el horrible ritual de 18 de mayo de 1781 no marcó el final, sino, más bien, el inicio de una etapa más sangrienta e incluso más confusa, de la que dará cuenta cabal en el siguiente apartado (p. 220), para concluir finalmente con que no sólo la violencia se intensificó, sino que la brutalidad se incrementó de manera horrenda en forma de decapitaciones, asesinatos rituales, violaciones y ejecuciones públicas (p. 337). Respecto a la reacción de la Corte ante una represión tan brutal por parte de las autoridades peruanas, la anotación marginal en uno de los expedientes consigna que en atención a la enormidad de esos delitos “aprueba el Rey lo que se hizo con los cadáveres para terror y escarmiento público” (p. 348).

No deja de impresionar a la distancia cómo esta ferocidad entre rebeldes y realistas se cobraba, como resultaba siempre, con una inmensa mayoría de víctimas indígenas, ya que por una parte había enfrentamientos entre kurakas y kuracas con el consabido derramamiento de sangre de sus respectivos pueblos, y cuando la lucha era contra los realistas, éstos reforzaban sus batallones, como era de imaginar, con contingentes indígenas de otras regiones; daba como resultado que cada bando masacraba al otro y profanaba los cadáveres. Los rebeldes acostumbraban violar cadáveres y los realistas exhibían las cabezas en picas como resultado de que ambos bandos se negaban a tomar rehenes, y a esto se agrega que aunque la violencia escaló en 1780… para 1781 resultaría aún peor (pp. 143-145). Finalmente, y por lo que respecta a las víctimas de toda esta barbarie, se precisa que las tropas realistas resultaban el fiel reflejo de la demografía peruana ya que la mayoría de sus huestes eran de procedencia indígena, seguidos en número por los mestizos, negros y toda clase de mezclas raciales (p. 175), y para colmo de males unos pueblos masacraban a otros en la creencia, generalmente infundada, de que eran partidarios del bando rival (p. 184).

Como no podía dejar de ser en una obra de este género, el juicio y la ejecución de Tupac Amaru, Micaela Bastidas –su mujer y líder indiscutible del levantamiento como aquí se demuestra–, y su círculo de allegados, ocupa un lugar central, destacando del mismo la mezcla que se dio entre el formalismo de la justicia española y la crueldad pública de los inicios de la Europa moderna: de modo que como los españoles deseaban vengarse ejecutaron a los prisioneros de forma brutal frente a miles de personas, quemando sus cuerpos en la hoguera y dispersando sus cenizas en el río Huatanay, con el propósito de disuadir a la población de intentar una nueva sublevación, aunque el resultado salió contraproducente ya que con el paso del tiempo fueron considerados mártires, y de ahí en símbolos de los movimientos políticos rebeldes de la posteridad, no sólo en Perú sino en toda la América hispana –basta tan sólo con citar el movimiento de los tupamaros– (p. 349).

Un tema para destacar es el profundo conocimiento del autor de la región andina luego de tantos años de vivir en la zona, lo que hace que sus descripciones de las campañas y de la enorme dificultad que representaba para los contendientes emprender campañas a alturas que rebasaban con toda facilidad los 3,000 msnm –y en algunos casos los 4,000–, resulten tan vivas, impresionantes y minuciosas.

Para concluir tan sólo quisiéramos destacar el hecho que llama fuertemente la atención –aunque el autor subraye al comienzo de su narración los estrechos vínculos entre Tupac Amaru y los jesuitas, debido a que fue un destacado estudiante suyo–, no hay alusión al tema del extrañamiento de la Compañía de Jesús de todos los territorios de la monarquía católica entre los evidentes malestares que llevaron a la sublevación del Cuzco a inicios de la década de los ochenta del siglo xviii.

 
Rafael Diego-Fernández Sotelo
es docente del Colegio de Michoacán. La reseña fue publicada en la revista Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, editada por el Colegio de Michoacán y correspondiente al vol. 38, n. 150 (2017): 325-8.

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